Hace casi dos años, en agosto de 2006, las ambiciones presidenciales de la Senadora Hillary Clinton ocupaban la portada de la revista Time. Era una mirada preliminar a una candidatura largamente anunciada. Con ella no habría término medio. Su aventura sólo podía tener dos salidas: héroe o fracaso. Algo así como Ronaldinho en el Mundial de Alemania, un Mundial que parecía hecho a su media en su mejor año. Las elecciones de 2008 parecían estar esperando para coronar a la Senadora Clinton. Las bases del partido lo tenían asumido, los grandes donantes la esperaban, los medios que adoraron a su marido tenían el guión preparado -Clinton News Network (CNN), Clinton Broadcasting System (CBS), National Broadcasting Clinton (NBC), American Broadcasting Clinton (ABC), y los demás.
Si observamos ese escenario preliminar llegaremos a la conclusión de que su campaña ha resultado en un estrepitoso fracaso. Pero seríamos injustos si no analizasemos algo que podría señalar un antes y un después en su carrera pública: su transformación en estos últimos cinco meses. Cuando todo empezó, Hillary era la típica candidata demócrata: procedente de un estado de la Costa Este, educada en la Ivy League, de marcado snobismo en el estilo, liberal en las costumbres, imitadora de las tendencias de moda, feminista, desconectada de gran parte de la sociedad, pero bien relacionada con los grupos de interés y la clase gobernante de Washington DC.
Nadie veía a esa mujer como la candidata de los trabajadores industriales o los votantes no universitarios de ingresos bajos. Ese era el rol de John Edwards. Hillary era una candidata de consumo urbano, con afinidad con cierto electorado de estudios superiores que se manifiesta como liberal por una cuestión de principios. Barack Obama empezó a reclamar ese rol para sí, y Hillary no pudo luchar contra la fuerza de su imagen, sin duda más atractiva. En busca de la supervivencia, la Senadora Clinton se hizo con el personaje que la desaparición de Edwards dejó vacante en toda esta historia. Debió colgar un retrato de Lyndon Johnson en la pared de su despacho, y se transmutó en él. Hizo suya la herencia del idealismo de la Great Society, convirtió a las gentes de estados representativos de la revolución Johnson -como Kentucky o West Virginia- en su caballo de batalla, y se autoproclamó candidata de la América pobre que piensa más en las privaciones materiales, que en códigos estéticos liberales.
Esa evolución la ha convertido en una mejor candidata de lo que era al principio del proceso. Ha adecuado su perfil al voto fluctuante que dio la Presidencia a los republicanos en las últimas elecciones: el blanco de bajos ingresos, patriota, bebedor de cerveza, residente en grandes estados del Rust Belt y el Medio Oeste, poco interesado por la política, que no participa en mítines, pero que va a votar cada cuatro años. Su campaña de los últimos tres meses ha sido una denuncia de la deriva hacia el elitismo que el Partido Demócrata ha experimentado en los últimos años. Paradójicamente, esa misma deriva era lo que hace un año convertía a Hillary en favorita para hacerse con la nominación.
El éxito de Obama se ha apoyado sobre tres bases: carisma, organización y voto negro. Ha explotando una idea que resulta muy sugerente para cualquier elector: les ha convencido de que están haciendo historia. Valiendose de su carisma y puesta en escena, les ha propuesto imaginar una América mitificada. El mensaje funciona en una sociedad que siempre ha creído en mitos. A partir de ahí, sólo ha tenido que fortalecer su organización de campaña valiéndose de los vestigios del fallido esfuerzo electoral que puso en marcha Howard Dean hace cuatro años, en la misma medida en que George McGovern operó en su día a través de las redes que cuatro años antes habían construído candidatos como Eugene McCarthy, desplazando la influencia de organizaciones tradicionales de la maquinaria del partido -en este caso largamente vinculados a los Clinton. Esa ventaja organizativa le ha permitido dominar los Caucus. De los 29 estados que ha ganado, 13 han sido caucuses -de los 21 que ha ganado Clinton, sólo uno ha sido caucus.
El tercer factor ha sido el voto negro. Como ya dije hace tiempo, la campaña de Obama ha sido en muchos aspectos una imitación apenas procesada de la fallida experiencia de Gary Hart en 1984. De la misma manera que Hart fue el primer candidato en el que se reflejaba la generación de baby-boomers, ajena a la II Guerra Mundial, Obama sería el primer candidato de una generación que no experimentó en primera persona los traumas de Vietnam o la agitación de los años 60. Comparte con Hart una visión liberal de la planificación social, pero una visión mucho más conservadora que la de generaciones anteriores en planificación económica. Como Gary Hart fue un símbolo yuppie, Obama lo es de los profesionales urbanos con estudios superiores.
Lo que ha hecho de Obama un producto más competitivo que Hart en las internas demócratas ha sido su accesibilidad al voto afroamericano. Hart nunca fue del agrado de los negros. Triunfó en estados grandes y en las Rocosas, pero se le resistió el Sur. Este año el "Hart" de turno ha sido negro. Su victoria en los estados sureños en los que el voto afroamericano ha acaparado las primarias del partido, ha sido el valor añadido que Obama ha aportado a la experiencia de Hart, convirtiéndola en experiencia ganadora veinticuatro años después.
Es sin duda meritorio el triunfo de alguien que pertenece a una minoría que representa sólo el 12% de la población total del país. Pero no por ello podemos dejar de advertir sobre algunas señales preocupantes, de las que el voto latino es el menor de los problemas. De los cinco estados más poblados de la Unión, Obama sólo ha lorgado vencer en uno -Illinois, su hogar. De los diez más poblados, descartando Illinois, sólo se ha llevado dos -Georgia y Carolina del Norte, noveno y décimo en el ranking. Su rendimiento ha sido impropio al de un front-runner en los cuatro estados más competitivos del área del Rust Belt y los Apalaches -Ohio, Pennsylvania, West Virginia y Missouri.
Grandes porcentajes de blancos pobres de una cultura más básica y conservadora que la urbana, le han dado la espalda. Y sus triunfos en el Sur no han sido un indicativo de su fortaleza en esas plazas, ya que su dominio del electorado negro contrastó con amplias derrotas entre los blancos. Esto pone en duda que en noviembre pueda disputar la victoria en estados como Arkansas, Georgia, Louisiana o Tennesse, todos ellos ganados de forma decisiva por el último demócrata que accedió a la Casa Blanca -Bill Clinton.
Mapa electoral

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BARACK OBAMA (29 estados; 16 primarias y 13 caucuses): Iowa, Maine, Dakota del Norte, Colorado, Kansas, Idaho, Alaska, Minnesota, Nebraska, Washington, Wyoming, Hawaii, Carolina del Sur, Delaware, Connecticut, Missouri, Utah, Louisiana, Virginia, Maryland, Wisconsin, Alabama, Georgia, Illinois, Vermont, Mississippi, Carolina del Norte, Oregon y Montana (mas Distrito de Columbia, Guam y Virgin Islands).
HILLARY CLINTON (21 estados; 20 primarias y 1 caucus): New Hampshire, Nevada, Michigan, Florida, New Jersey, Massachusetts, Nueva York, Arkansas, Oklahoma, California, Arizona, New Mexico, Tennessee, Ohio, Rhode Island, Texas, Pennsylvania, Indiana, Virginia Occidental, Kentucky y Dakota del Sur (mas Puerto Rico).
Reparto de Delegados (a fecha de hoy)
Barack Obama 2,156 delegados (1,762 delegados electos + 394 superdelegados)
Hillary Clinton 1,923 delegados (1,637 delegados electos + 286 superdelegados)
John Edwards 6 delegados
(2,118 necesarios para ganar)