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19 de junho Hemos apoyado a McCain por su republicanismo imaginativo y su magnífico historial en seguridad nacional. Pero la realidad es que, para que logre triunfar, su oponente deberá fracasar. Es el tiempo de ObamaEl ascenso de Barack Obama resulta todavía más extraordinario cuando se considera a quién ha adelantado en su camino hacia la cumbre. Bill Clinton es el único presidente demócrata que ha ganado dos legislaturas desde la posguerra. Hillary Clinton fue señalada para la grandeza desde su discurso de presentación en Wellesley en 1969; un discurso que, en su momento, tuvo una recepción tan positiva como el de Obama en la convención de 2004.
Con el paso de los años, los Clinton han construido la maquinaria política más formidable de la política demócrata moderna. Obama se enfrentaba a un candidato que comenzaba con todas las ventajas concebibles en términos de reconocimiento de nombre, organización y captación de fondos. Al comienzo de la campaña, incluso se debatía si Obama podría competir con éxito por el voto negro. Al final, ha vencido a Hillary volviendo la política del revés.
Tomemos la captación de fondos: los Clinton cortejaron a los grandes donantes tradicionales que estaban dispuestos a darlo todo, donando el máximo legal de 2.300$ a su campaña. Obama esquivó este hecho brillantemente explotando Internet - los llamados “webroots”- para lograr dinero de un número mucho mayor de gente que donaba cantidades mucho menores. El 5% de la población de EUA ha contribuido a la campaña de Obama, y ha levantado 265 millones de dólares, de los que casi la mitad han sido donados en sumas de 200$ o menos. En el momento en que se comenzó a votar, los Clinton no podían más que quejarse de que su rival tenía más dinero. La financiación de campañas electorales no volverá a ser lo mismo. La carrera presidencial de Obama ha demostrado que la corruptora influencia del “dinero de intereses especiales” puede ser derrotada por la democratización en la captación de fondos que Internet permite: un proceso que Howard Dean comenzó en la campaña de 2004, ahora llevado a triunfal conclusión.
Pero el reto para Obama no ha hecho más que comenzar. Los polarizados resultados de las primarias demócratas muestran que los votantes o “compran” a Obama o no lo hacen. Debería ser un tema de máxima preocupación para su campaña el que desde el 4 de marzo hasta el final de las primarias el martes por la noche, Obama ganó sólo siete de las 16 elecciones y logró medio millón de votos menos que Clinton. Esa resistencia entre los votantes de las primarias demócratas a aglutinarse tras el candidato que claramente iba a obtener la nominación del partido, proporciona a John McCain una oportunidad que debe y va a aprovechar. De modo inquietante para Obama, los grupos demócratas con los que tiene problemas -votantes de clase blanca trabajadora, mayores, y en cierta medida judíos e hispanos- se concentran en los “swing states” que decidirán estas elecciones.
El próximo presidente, además , estará al mando de las tropas americanas en dos guerras, guerras que determinarán los contornos geopolíticos de este siglo. Obama todavía debe demostrar que es capaz de asumir esta responsabilidad. En 2002, Obama se opuso a la guerra de Irak. Contrariamente a lo que a menudo se dice, hacer eso no fue algo políticamente valiente para un senador demócrata por Illinois (Dick Durban, senador demócrata por Illinois, votó contra la guerra, sin sufrir efectos políticamente negativos). Obama, sin embargo, ha mostrado positivamente cobardía en la forma en la que ha hablado de la guerra en los últimos meses. Ha mostrado rechazo (tipo Bush) a permitir que los nuevos hechos influyan en su pensamiento. Irak está en una situación muy diferente y mucho mejor a la que estaba cuando el proceso de las primarias demócratas comenzó el año pasado. Pero es difícil encontrar algo que no sea un reconocimiento a regañadientes de este hecho en los discursos de Obama. En vez de eso, se siente feliz de hablar en términos crudamente nacionalistas sobre este tema delicadísimo. Y esto no suena a nueva política, sino a lo peor de la vieja.
Las primarias demócratas han dominado los titulares esta temporada electoral; ni siquiera el memorable retorno de McCain de la casi-muerte política ha sido capaz de competir con el drama de la pugna Clinton-Obama. La lucha entre los dos contendientes demócratas ya ha inyectado en el flujo sanguíneo político venenos que podrían ser letales para Obama en noviembre: el problema con la clase blanca trabajadora, su amistad -que le cambió la vida- con un predicador racista, el ambiente radical en que se movió en Chicago y visiones políticas cada vez más cercanas a la ortodoxia tradicional demócrata. Pero esta lucha le ha dejado como la figura dominante en esta campaña y por tanto como dueño de su propio destino.
El perder las elecciones está en manos de Obama. La naturaleza histórica de su candidatura, su elocuencia y el entusiasmo que suscita indican que será capaz de dominar las noticias a su antojo en los próximos meses. En ese tiempo debe persuadir a los americanos de que tiene el carácter suficiente para ser Comandante en Jefe -el único ámbito en el que va por detrás de McCain en las encuestas. Si fracasa, McCain, el único republicano que podría ganar en un momento político en que su partido alcanza mínimos históricos en la estima pública, estará al acecho. Hemos apoyado a McCain por su republicanismo imaginativo y su magnífico historial en seguridad nacional. Pero la realidad es que, para que logre triunfar, su oponente deberá fracasar. Es el tiempo de Obama.
Publicado como Leading article, The Spectator, 7 june 2008
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